Bien. Esta pérdida de la cordura, me ha dejado claramente: menos cuerda. Lo anterior es, sí, sólo es. Salgo de aquella clase, donde busco afanosa la manera de convencer, ¿para qué convencer? Bueno, pues, la mayor parte del tiempo trato de convencer, porque convencer a los demás y convencerte a tí mismo es parte de la vida diaria. Con tanto ir y venir de ideas, esa maraña de pensamientos sueltos y aislados en mi cabeza, camino entre el confuso andar de la ciudad. Esta pequeña y frágil ciudad que esconde mucho, tan clandestina y oscurecida como el más callado silenciar de una marioneta. Las marionetas, tan frías y solitarias. Manipuladas y estremecidas. Así pues, salgo de aquel salón, cierro la puerta con discreción, me aventuro por las escaleras, pausado y rápido. Pausado y rápido. Trato de no correr. Tengo demasiadas cosas en que pensar y pocos metros que recorrer. Está bien, al fin y al cabo. Mi mente maneja la terquedad casi con la misma perfección que lo hace mi corazón. Es una lástima cuando sus terquedades son opuestas y contradictorias. Me enloquecen. Sigo caminando. El hambre me detiene. Recuerdo de forma inesperada que el pasado fin de semana mi estómago sufrió las inclemencias del vacío, todo porque mi mente simplemente: No estaba hambrienta. Por pensar en estupideces seguramente o tal vez por decantar de forma exquisita la manera en como pueda aprender de mis errores. De mi error. De ese error. Sí que ironía, yo, que aparento ser tan fuerte, soy tan débil. Y aunque lo grite al mundo, mi apariencia me enmudece, sigo siendo dura. Seca. Pálida y aplacada. Pero bohemia, romántica y apasionada. Simple y contradictoria. A veces es sabroso pero otras: No. Trascendental, que trascendencia tan inadecuada. Sigo caminando, me detengo para comprar algo de comer. Salgo. Quiero, deseo, seguir caminando. Despacio, lentamente, empiezo a caminar en sentido opuesto a mi destino. Mientras camino, pienso. Pienso. En tantas cosas: En el que está al lado, el que canta y no se percata, el que recoge algo del suelo, el que mira, el que escucha, la que coquetea, la que vende, la que se detiene y la que susurra. Observo el papel que se eleva del suelo por el efecto del carro que pasa a velocidad media. Sigo caminando en sentido contrario, tras la intención de pasar: Por aquella casa, que me trae recuerdos. Y aquella otra, igualmente. Caminar en sentido contrario empieza a volverse un pequeño viaje por mi pasado. Saludo a alguien conocido y entonces descubro: Que no me recuerda. Sonrio y paso derecho, doblo en la esquina. Tengo sed. Me acerco a una tienda y pido agua. La mujer que me atiende me entrega la pequeña bolsa, con un pitillo, tan pronto como está en mi mano, el agua se derrama. Siento pena. Me sonrojo. No ha pasado nada. Cruzo la acera, paso por aquella casa. Quería verle. Pero no estaba. Sigo derecho. Sonrio nuevamente. Veo de nuevo: El mismo panorama inalterable de la visión urbana. Mucho más adelante, mientras sigo pensando en mil cosas: Debo hacer esto. Esto fue una buena idea. Ellos. Todos. Ella. Mientras olvido mi entorno y sólo escucho mis pasos, mi mirada al frente le descubre: Me detengo un poco y al lado, en aquella droguería: Él. Tiempo sin verlo. Sonrio nuevamente. Continuo caminando y choco de frente con él. Si no hubiera caminado en sentido opuesto a mi destino por veinte minutos para volver a mi trayecto, quizás y sólo quizás no me hubiera encontrado con él. Y así no estaría entonces en este momento a punto de dirigirme a ese lugar. Donde me espera algo tan bueno. Me ha alegrado el día. Y entonces el destino, a veces creo firmemente en el destino. Ahora sólo andaré en sentido contrario para no buscar las cosas que cuando han de llegar, llegan por sí solas. Como aquel que aparece entre la multitud a la distancia y sabes que le econtrarás más adelante en el tramo de tu destino.
29 de Octubre de 2009 4:53 pm