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Creo que ese 7 de febrero de 1991, habían repartido mal algunas cosas, de la paciencia me quedó poco, de las virtudes me quedó algo y me tocó un corazón caprichoso, cifrado, bohemio y soñador. Pasó el tiempo de empezar a conocer ciertas cosas, las que se aprenden en libros, las que se memorizan, las que siempre quedan. Descubrí mi amargura, la misma que hace poco, alguien que conocí me recalcó con insistencia: those bitter words.
 Ahora soy del tipo que perdería horas en una librería de segunda mano encontrando fascinaciones, soy de ese tipo que dice cosas amargas cuando está triste, que hiere cuando está rabiosa, que sueña cuando está alegre y que suspira cuando quiere. Soy del tipo que nadie compraría, la lata de mala etiqueta que uno ignora en una tienda. 
Ser indiferente es algo en lo que soy espléndida. No tengo paciencia para los malos planeadores de la vida cotidiana que se pierden en la ejecución de cosas simples. De haberme dedicado a las leyes, probablemente no tendría destreza en la práctica de la justicia. 
Centenar de defectos. Mi nobleza está en el quebranto del que llora, mis mejores demostraciones de afecto siempre son mudas, silenciosas, quizás no perceptivas. Caprichos de difícil olvido, nunca olvido, poseo una memoria obstinada.  
Terquedad, del mismo tipo de insistir con pleno conocimiento de no tener la razón, de discusiones tendidas pero de orgullo débil. Afecto por la soledad, tedio de la compañía. Jamás seré la moneda de oro, mi compañía podría ser pócima de agave: poca es placentera, mucha es embriagadora y demasiada es intoxicante. 
No debería doler pero ahí está, el miedo, lo que fue, así ha sido. Una mano tendida en el punto más endeble del doblez de la débil varilla de titanio. Dice Oates que la vida y las personas son complejas. Y alguien que conozco escribió un día: lo que es verdadero dura. Y le digo a las personas: no gusto de adular y siento poco apego a la materia, me enamoro del alma más que del cuerpo y las personas transitan por mi vida, se marchan, dejan algo y aprendo de su transitoriedad.
Encuentro a quienes me aprecian con mi dificultad humana y encuentro a quienes tras vivirla en algún momento han huido despavoridos. A esos yo los llamo: pasajeros. 
A veces sólo llorar todo un día y que se vaya el alma en ello. 
Cuando se llora el horizonte es opaco, las luces bokeh, uno nunca está tan dentro de uno mismo como cuando llora. Foto: Paulina Echeverri

Creo que ese 7 de febrero de 1991, habían repartido mal algunas cosas, de la paciencia me quedó poco, de las virtudes me quedó algo y me tocó un corazón caprichoso, cifrado, bohemio y soñador. Pasó el tiempo de empezar a conocer ciertas cosas, las que se aprenden en libros, las que se memorizan, las que siempre quedan. Descubrí mi amargura, la misma que hace poco, alguien que conocí me recalcó con insistencia: those bitter words.

Ahora soy del tipo que perdería horas en una librería de segunda mano encontrando fascinaciones, soy de ese tipo que dice cosas amargas cuando está triste, que hiere cuando está rabiosa, que sueña cuando está alegre y que suspira cuando quiere. Soy del tipo que nadie compraría, la lata de mala etiqueta que uno ignora en una tienda. 

Ser indiferente es algo en lo que soy espléndida. No tengo paciencia para los malos planeadores de la vida cotidiana que se pierden en la ejecución de cosas simples. De haberme dedicado a las leyes, probablemente no tendría destreza en la práctica de la justicia. 

Centenar de defectos. Mi nobleza está en el quebranto del que llora, mis mejores demostraciones de afecto siempre son mudas, silenciosas, quizás no perceptivas. Caprichos de difícil olvido, nunca olvido, poseo una memoria obstinada.  

Terquedad, del mismo tipo de insistir con pleno conocimiento de no tener la razón, de discusiones tendidas pero de orgullo débil. Afecto por la soledad, tedio de la compañía. Jamás seré la moneda de oro, mi compañía podría ser pócima de agave: poca es placentera, mucha es embriagadora y demasiada es intoxicante. 

No debería doler pero ahí está, el miedo, lo que fue, así ha sido. Una mano tendida en el punto más endeble del doblez de la débil varilla de titanio. Dice Oates que la vida y las personas son complejas. Y alguien que conozco escribió un día: lo que es verdadero dura. Y le digo a las personas: no gusto de adular y siento poco apego a la materia, me enamoro del alma más que del cuerpo y las personas transitan por mi vida, se marchan, dejan algo y aprendo de su transitoriedad.

Encuentro a quienes me aprecian con mi dificultad humana y encuentro a quienes tras vivirla en algún momento han huido despavoridos. A esos yo los llamo: pasajeros. 

A veces sólo llorar todo un día y que se vaya el alma en ello. 

Cuando se llora el horizonte es opaco, las luces bokeh, uno nunca está tan dentro de uno mismo como cuando llora. Foto: Paulina Echeverri

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